Si quieren ver Malditos Bastardos, lo último de Tarantino, deben saber que no importa nada la indiferencia que Tarantino muestra hacia la fidelidad histórica de su historia, que trata de un grupo de guerrilleros americanos adentrados en la Francia ocupada durante la IIGM, cuya misión es exclusivamente asesinar cuantos más alemanes mejor y crear una leyenda de terror y crueldad en sus actos.
Qué más les da que Tarantino haya tratado con cierta frivolidad la seriedad del exterminio judío. Deben reconocer que no es fácil acercarse a la calidad con la que Roberto Benigni nos sacó unas risas de unos hechos abrumadoramente tristes en su genial "La vida es bella". Puede gustarles o no la agresividad y violencia manifiesta de sus escenas. De hecho, en esta película la violencia y la crudeza son intrínsecamente argumentales. Pueden alabar o criticar el hecho de que la cinéfila y preciosa banda sonora se imponga puntual y conscientemente dentro de tensas escenas de violencia. Igualmente entiendo que, pese a los manifiestos y puntuales progresos del señor Brad Pitt, siga causándole nauseas. Pueden hacerse partícipes de disfrutar la fotografía de la película o bien limitarse a ignorar el buen trato general, tanto de ella, como de algunas secuencias. Pueden erguirse en la butaca y tensionarse con la escena del túnel o bien pueden arrellanarse relajadamente y no apreciar nada de la expectación creada alrededor de una escena de buen cine. Qué decir de la comicidad de muchas escenas y personajes, les puede gustar mucho o nada. Las dos horas y media de duración se le pueden pasar en un periquete, o bien, considerarlas insufribles, y el final puede resultar previsible o sorprendente según en que momento.
Y nada de esto es definitorio porque lo verdaderamente importante en esta película y que nadie debe dudar son dos cosas, una que el cine está en Tarantino y que Tarantino es cine, aunque solo fuera por Pulp Fiction, y la segunda y más destacada, que todo queda disminuido en la película al lado de la sobresaliente interpretación de Christoph Waltz. Sólo por su trabajo merece la pena el verla, si bien, aquellos que gustan del estilo de Tarantino pueden sentirse gratamente satisfechos con el visionado de la película. Presagio una gran disparidad en las opiniones según las personas.