Mundial de futbol de 2010. En un mismo instante mientras Inglaterra marca un gol legal que entra medio metro ocurren varias cosas simultáneamente. Todo el que presencia el partido ve en directo que el balón entra excepto la persona encargada de observar y juzgar este hecho. A la vez, hay en banda un cuarto árbitro que cobra un pastón por sacar una tablilla dos veces cada 45 minutos. Los videomarcadores repiten varias veces ese momento que en tiempo real dura 3 ó 4 segundos.
Unas horas más tarde, mismo mundial, juega Argentina que marca un gol en claro fuera de juego. Simultáneamente, todo el que presencia el partido ve este hecho salvo la persona encargada de observar y juzgar estas cosas. En la banda, otro cuarto árbitro con los mismos parámetros. En los videomarcadores se reproduce la nítida repetición del momento que dura 3 ó 4 segundos mientras se pierden alrededor de dos minutos en protestas. Entre tanto, los jueces del encuentro ven el videomarcador y ruborizados siguen con las directrices que les alimentan.
Los estamentos que controlan esto tienen los medios para cambiarlo pero no la voluntad. Su voluntad está en el ánimo de lucro y en el amiguismo de una espiral de intereses superpuestos a la práctica del deporte en sí. Hace muchos años que esto último nos quedó claro. ¿Por qué seguimos alimentando pues este hecho? ¿Por qué mantenemos cierto nivel de credulidad en un deporte manipulado y contribuimos a sus brutales beneficios económicos? Beneficios no repartidos desde luego, y con el día de hoy como fiel reflejo, tampoco invertidos en beneficio de este deporte.
También hemos tenido una dosis elevada en la Fórmula 1. Más aun, porque sí “arbitran” con la tecnología y a posteriori, pero también con los intereses prevalentes sobre la norma.
Es muy desilusionante en general. Como casi cualquier parcela de esta vida actual, todo el deporte parece estar manipulado. Todo obedece a intereses de una minoría. Al negocio. Nosotros somos los borregos que lo alimentamos. Aun sabiéndolo.
Unas horas más tarde, mismo mundial, juega Argentina que marca un gol en claro fuera de juego. Simultáneamente, todo el que presencia el partido ve este hecho salvo la persona encargada de observar y juzgar estas cosas. En la banda, otro cuarto árbitro con los mismos parámetros. En los videomarcadores se reproduce la nítida repetición del momento que dura 3 ó 4 segundos mientras se pierden alrededor de dos minutos en protestas. Entre tanto, los jueces del encuentro ven el videomarcador y ruborizados siguen con las directrices que les alimentan.
Los estamentos que controlan esto tienen los medios para cambiarlo pero no la voluntad. Su voluntad está en el ánimo de lucro y en el amiguismo de una espiral de intereses superpuestos a la práctica del deporte en sí. Hace muchos años que esto último nos quedó claro. ¿Por qué seguimos alimentando pues este hecho? ¿Por qué mantenemos cierto nivel de credulidad en un deporte manipulado y contribuimos a sus brutales beneficios económicos? Beneficios no repartidos desde luego, y con el día de hoy como fiel reflejo, tampoco invertidos en beneficio de este deporte.
También hemos tenido una dosis elevada en la Fórmula 1. Más aun, porque sí “arbitran” con la tecnología y a posteriori, pero también con los intereses prevalentes sobre la norma.
Es muy desilusionante en general. Como casi cualquier parcela de esta vida actual, todo el deporte parece estar manipulado. Todo obedece a intereses de una minoría. Al negocio. Nosotros somos los borregos que lo alimentamos. Aun sabiéndolo.

