Desde hace un tiempo a esta parte no logro leer, y digo leer en el sentido cultural de la palabra, leer un buen libro, una novela o un ensayo, poesía, no se, cualquier cosa escogida con el único objetivo de pasar un buen rato.
Uno no cesa de leer casi nunca. En el trabajo, en este y otros blogs, en la prensa, estudiando y otros tantos lugares difícil de enumerar, incluso en la señalización vial de este mundo en obras, pero ahora añoraba esos ratos escogidos para el deleite de la mente y la imaginación.
Digo esto, porque hace unos días al fin me he decidido y “obligado” a zambullirme en las páginas de un libro, una novela en este caso, que contrariamente a la idea previa que yo albergaba, ha sido escogida por segunda vez en mi vida (he aquí la sorpresa). La novela es de
Alberto Méndez, “
Los girasoles ciegos”. Algunos ya la conoceis.
Digamos entonces que ante mi crisis como lector he recuperado mi camino como relector, que ha sido siempre mucho menos transitado.

Quizá he escogido este libro, que leí hace ya dos años, por su reciente actualidad debida a la película homónima que podemos disfrutar en el cine, pero sobre todo, ha sido elegido por la inmejorable sensación que me dejó su primera lectura. “Los girasoles ciegos” es un libro que se lee fácil, de un tirón y en poco tiempo, y se compone de cuatro relatos breves ambientados en la guerra civil y la España de la posguerra.
Aunque no podemos enfocar y tratar este libro como se hace con las grandes novelas de siempre, si pienso que se trata de un libro magistralmente elaborado, con un gusto exquisito por la literatura, y de una sensibilidad precisa y abrumadora. Leí una reseña que, aunque no sea la mejor referencia, decía: “parece haber dedicado una vida a cada frase”. Y lo comparto aunque sea exagerado. En este libro es maravilloso tanto el uso del lenguaje, preciso y brillante, como la perfecta formación y plenitud de la narración, y también la cuidada gramática.
“Los girasoles ciegos” no se trata solo de un libro con una brillante arquitectura y construcción lingüística, sino que logra transmitirnos viva y nítidamente el cómo y el porqué de la condición humana en situaciones límite, la guerra y su crudeza, el horror y sus frutos, el amor, la vida y sus tragedias.
“Aunque todas las guerras se pagan con los muertos, hace tiempo que luchamos por usura. Tendremos que elegir entre ganar una guerra o conquistar un cementerio”
Quiero recomendaros animadamente esta pequeña joya literaria, y al mismo tiempo, formalizar otra invitación a la relectura. Invitación a la relectura en general y a la relectura de las grandes novelas en particular. Yo tardé en descubrir las bondades de la relectura, digamos que dudaba de su utilidad ¡Con todo lo que hay por leer! ¡Ni en toda una vida!, pensaba.
Hoy, como puede advertirse, mi opinión es distinta. Para mi, la relectura es algo que se disfruta tanto o más que una primera lectura.
Creo que somos personas en constante evolución, y cada vez que nos acercamos a una misma lectura, además de ser distintos, nos encontramos en otras etapas de nuestra vida que confieren un punto de vista renovado que otorga valor propio a la relectura.
Releer es un intimo acercamiento a diferentes interpretaciones y sensibilizaciones, que no siempre tienen porqué ser iguales, de un mismo texto o una misma historia. Siempre hay algo nuevo por descubrir. Hasta en las personas.
Una misma lectura puede transmitirnos cosas distintas según quienes seamos, eso es evidente, pero también facilitarnos distintas perspectivas y llevarnos a resultados dispares según el momento en que realicemos esa actividad.
En consecuencia, puedo decir que “Los girasoles ciegos” se trata de uno de los mejores textos que ha llegado a mí en los últimos dos años, y por ello lo recomiendo, de la misma forma que recomiendo un segundo acercamiento a grandes libros o a historias que llegaron a nosotros hace tiempo y mereció la pena. También desde otra orilla, recomiendo la relectura de buenos relatos que no llegaron a nosotros en el momento adecuado. No creo que perdamos el tiempo.
Releamos de vez en cuando pues.